Por qué hoy necesitamos hablar de coherencia sostenida en la acción
Durante décadas utilizamos la expresión habilidades
blandas para referirnos a capacidades relacionadas con la comunicación, la
gestión emocional, el liderazgo, la ética o el trabajo en equipo. El término
buscó diferenciarlas de las habilidades técnicas, pero terminó generando u
n
efecto indeseado: minimizar su verdadera importancia.
No hay nada blando en sostener una decisión ética bajo
presión.
No hay nada blando en liderar con humanidad en medio de la incertidumbre.
No hay nada blando en regular las propias emociones cuando el contexto empuja
al desborde.
Por eso, con el tiempo, el lenguaje empezó a cambiar.
El primer paso: hablar de habilidades humanas
Comenzamos entonces a referirnos a habilidades humanas.
El cambio no fue menor. Reconocía que estas capacidades no eran accesorias ni
complementarias, sino esencialmente humanas, y que de ellas dependían la
calidad de las decisiones, de las relaciones y del liderazgo.
Este nuevo término corrigió un error semántico importante y
permitió revalorizar dimensiones que durante años habían quedado relegadas
frente a lo técnico y lo cuantificable.
Sin embargo, aun con ese avance, algo seguía sin resolverse.
El verdadero quiebre: no era de capacidad, sino de
conducta
En contextos cada vez más complejos, cambiantes y exigentes,
empezó a hacerse evidente una realidad incómoda:
el problema no era saber qué hacer.
Era sostener cómo actuar cuando hacerlo tenía costo.
Personas altamente capacitadas se quebraban bajo presión.
Otras, sin habilidades extraordinarias, lograban mantenerse coherentes, claras
y consistentes incluso en escenarios adversos.
La diferencia no estaba en el conocimiento.
Estaba en la conducta.
Ahí se produjo un cambio de foco decisivo: dejamos de hablar
solo de habilidades y comenzamos a mirar las conductas humanas. Ya no
bastaba con desarrollar capacidades; era necesario observar qué se hacía
realmente cuando no había certezas, cuando no había reconocimiento o cuando el
contexto empujaba a ceder.
Pero incluso este concepto resultaba amplio.
No toda conducta humana sostiene coherencia.
No toda conducta resiste presión.
No toda conducta reduce la fractura interna que muchas personas experimentan al
actuar contra lo que creen.
El paso final: Conductas Maestras
De esa reflexión surge el concepto de Conductas Maestras.
Las Conductas Maestras no son hábitos sueltos ni técnicas
repetidas.
Son patrones de acción que emergen cuando la arquitectura interna está
alineada.
No se imponen; se consolidan.
No se memorizan; se encarnan.
Una conducta se vuelve maestra no porque sea correcta
en teoría, sino porque puede sostenerse en la práctica, incluso bajo
presión, incluso con costo personal, incluso sin aplausos.
Por eso este término no habla de personas superiores ni de
perfección moral. Habla de conductas entrenables, sostenidas en el
tiempo, que integran pensamiento, emoción, criterio y acción.
¿Por qué este lenguaje puede ser aceptado por todos?
Porque no invalida lo anterior.
Las habilidades siguen siendo necesarias.
Las capacidades humanas siguen siendo fundamentales.
Las Conductas Maestras no compiten con ellas: las
integran y las elevan.
Este lenguaje se vuelve útil —y por eso aceptable— porque:
- nombra
experiencias reales que todos vivimos
- ayuda
a pensar decisiones difíciles
- permite
hablar de coherencia sin moralismo
- devuelve
responsabilidad sin culpas
Cuando una conversación pasa de “qué habilidades faltan” a
“qué conducta estamos sosteniendo”, algo cambia. El foco se vuelve más honesto,
más humano y más transformador.
El desafío de nuestro tiempo
Vivimos en un mundo de presión constante, ambigüedad y
cambio acelerado. En ese contexto, el futuro no pertenece necesariamente a
quienes saben más, sino a quienes logran sostener coherencia en la acción.
Por eso hoy no basta con entrenar habilidades.
Necesitamos entrenar Conductas Maestras: aquellas que nos permiten
actuar sin rompernos por dentro.
Ese es, quizás, el verdadero desafío humano de nuestra
época.
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