Desde la MOTITUD
Por Luis
Vicente García
Hay imágenes que permanecen grabadas en la memoria colectiva
mucho después de que desaparecen de los titulares. Una calle cubierta de
escombros. Un puente derrumbado. Una plaza vacía. El silencio que queda después
de una explosión, de un terremoto, de un incendio o de una inundación.
En esos primeros momentos todo parece girar alrededor del
dolor, de la incertidumbre y de las pérdidas. Es natural. La atención se
concentra en rescatar vidas, atender heridos y dimensionar el alcance de la
tragedia.
Sin embargo, hay un instante mucho menos visible que suele
pasar desapercibido y que, para mí, es el verdadero comienzo de la historia. Sucede
cuando las cámaras ya casi no están. Cuando las noticias dejan de ocupar los
titulares internacionales. Cuando el mundo parece continuar con su rutina.
Es
entonces cuando una ciudad toma una decisión silenciosa.
La decisión de volver a creer.
No ocurre mediante un decreto ni con un gran discurso.
Empieza cuando un vecino limpia la acera frente a su edificio. Cuando otro
lleva alimentos a quienes lo perdieron todo. Cuando un comerciante vuelve a
levantar la santamaría de su negocio aun sabiendo que deberá comenzar casi
desde cero. Cuando las cocinas de los hoteles o restaurantes le hacen las
comidas a los desplazados. Cuando los maestros preguntan cuándo podrán regresar
a clases y los médicos continúan atendiendo a sus pacientes incluso en
condiciones difíciles.
En ese momento comienza la verdadera reconstrucción.
Porque una ciudad nunca empieza a recuperarse cuando llega
el concreto o el acero. Comienza a recuperarse cuando su gente recupera la
esperanza. Y la historia está llena de ejemplos extraordinarios.
Después del atentado durante el Maratón de Boston en 2013,
el mundo observó cómo una comunidad decidió responder con unidad en lugar de
dejarse dominar por el miedo. La expresión Boston Strong dejó de ser un
lema para convertirse en una manera de entender la vida. Era la afirmación de
que ningún acto de violencia sería capaz de definir la identidad de toda una
ciudad.
Algo parecido ocurrió en Nueva Orleans tras el devastador
paso del huracán Katrina. Durante semanas vimos imágenes de destrucción y
desesperanza. Pero con el tiempo apareció otra historia: la de vecinos ayudando
a vecinos, músicos regresando a las calles, pequeños negocios reabriendo sus
puertas y una comunidad que decidió recuperar no solo sus edificios, sino
también su cultura, su identidad y su alegría.
Christchurch, en Nueva Zelanda, también nos dejó una gran
lección. Después del terremoto de 2011 entendieron que reconstruir no
significaba simplemente reemplazar lo que había desaparecido. Era la
oportunidad de imaginar una ciudad diferente, más preparada, más humana y más
resiliente.
Las circunstancias cambian. Las tragedias son distintas. Las
culturas también. Pero la respuesta suele ser sorprendentemente similar.
Y eso me llevó a descubrir algo que pocas veces mencionamos.
Hablamos con frecuencia de la resiliencia personal.
Admiramos a quienes logran superar una enfermedad, una pérdida o el fracaso de
un proyecto. Sin embargo, rara vez hablamos de la resiliencia colectiva,
esa extraordinaria capacidad que tienen las comunidades para levantarse cuando
pareciera que todo se ha derrumbado.
Las
ciudades no se reconstruyen únicamente gracias a grandes inversiones o
sofisticados planes de infraestructura. Claro que los recursos importan, pero
existe algo mucho más poderoso: la confianza.
La
confianza de quienes deciden quedarse.
La
solidaridad de quienes ayudan sin esperar nada a cambio.
La
generosidad de quienes entienden que el dolor compartido pesa menos.
La convicción de que el futuro todavía merece ser
construido.
Y es allí donde comprendí que la MOTITUD también
puede ser colectiva.
Hasta ahora siempre había hablado de la Motitud como una
fuerza interior, la unión entre la motivación personal, una actitud positiva y
una mentalidad de crecimiento. En otras palabras, una manera de enfrentar la
vida desde la esperanza y la acción consciente.
Pero las ciudades nos enseñan algo nuevo.
Cuando miles de personas encuentran un propósito común,
cuando la colaboración reemplaza la indiferencia, cuando el apoyo se desborda en
cantidades y cuando el deseo de construir supera al miedo, la Motitud deja de
ser individual para convertirse en una fuerza capaz de transformar comunidades
enteras.
Y quizá esa sea una de las lecciones más importantes que
necesitamos recordar hoy.
Vivimos en un mundo donde la incertidumbre parece formar
parte de la vida cotidiana. Ningún país está completamente libre de enfrentar
crisis. Ninguna ciudad está exenta de sufrir una tragedia. Ninguna familia
atraviesa la vida sin momentos difíciles.
La diferencia nunca ha estado en evitar las
tormentas.
La diferencia está
en la manera como decidimos responder después de ellas.
Mientras escribía estas líneas no pude evitar pensar en
tantas comunidades que, hoy mismo, muy cerca de nosotros, también están
limpiando calles, reconstruyendo viviendas, ayudando a vecinos y recuperando
poco a poco la esperanza. Personas que, lejos de buscar protagonismo,
simplemente hacen lo que consideran correcto porque entienden que reconstruir
una comunidad es una responsabilidad compartida.
Quizá
la resiliencia no tenga nacionalidad.
Quizá
siempre hable el mismo idioma.
El idioma de quienes se niegan a rendirse.
El idioma de quienes comprenden que el futuro no aparece por
casualidad, sino que se construye todos los días con pequeñas decisiones, con
actos de solidaridad y con la firme convicción de que siempre es posible
empezar de nuevo.
Porque,
al final, las ciudades no renacen cuando terminan de reconstruir sus edificios.
Renacen mucho antes, cuando su gente decide volver a
creer.
Y quizá esa sea también la historia que hoy necesitamos
escribir como personas, como organizaciones, como comunidades... y como país.
"El verdadero
renacimiento de una ciudad no comienza cuando se reconstruye el primer
edificio. Comienza cuando el primer ciudadano recupera la esperanza."

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