LA CARA DE LA ESPERANZA
La historia de una sonrisa que nació entre los
escombros y terminó recordándonos que siempre existe un después.
¿Qué cara tiene la esperanza?
Normalmente pensamos en la esperanza como una palabra, una
emoción, una expectativa de que algo mejor puede ocurrir. La asociamos con la
capacidad de mirar hacia adelante aun cuando no sabemos exactamente qué
encontraremos, con esa posibilidad que permanece abierta cuando las
circunstancias parecen cerrarnos todos los caminos.
Pero algunas veces la esperanza deja de ser una idea.
Y adquiere un rostro.
Después del terremoto que golpeó Venezuela el pasado 24 de
junio, para muchísimas personas ese rostro fue el de una niña de 12 años
sonriendo entre los escombros. Su nombre es Fabiana Blanco y había
permanecido durante muchas horas atrapada bajo los restos de una edificación,
esperando ser rescatada.
Es difícil imaginar lo que puede pasar por la mente de una
niña durante horas como aquellas. Seguramente hubo miedo, angustia,
incertidumbre y agotamiento. Hubo oscuridad, ruido, polvo y la enorme
vulnerabilidad de encontrarse atrapada sin saber exactamente qué estaba
ocurriendo afuera ni cuándo llegaría la ayuda.
Sin embargo, la imagen que comenzó a recorrer las redes
sociales mostraba algo que parecía casi imposible en medio de aquella escena:
Fabiana estaba sonriendo. Rodeada de concreto, polvo y destrucción, su rostro
expresaba algo que contrastaba profundamente con todo lo que tenía alrededor.
Quizás fue precisamente esa contradicción la que nos
conmovió tanto. Aquella sonrisa no eliminaba la tragedia ni pretendía hacerlo.
Los escombros seguían allí, la destrucción era real y el peligro también. Pero
en medio de todo aquello seguía existiendo una niña capaz de mirar hacia afuera
y sonreír.
La esperanza no siempre aparece cuando desaparecen los
escombros. A veces nace en medio de ellos.
Hay sonrisas que expresan alegría, pero hay otras que, en
los momentos más difíciles, parecen recordarnos que todavía existe un mañana. Y
hay personas que atraviesan la oscuridad y, sin proponérselo, terminan
encendiendo una luz para los demás. Fabiana fue una de ellas. Sin buscarlo y
probablemente sin imaginar siquiera lo que estaba ocurriendo fuera de aquel
lugar, su sonrisa comenzó a representar algo mucho más grande que una
fotografía.
Para muchos, se estaba convirtiendo en la cara de la
esperanza.
CUANDO UNA IMAGEN SE CONVIERTE EN SÍMBOLO
Algo extraordinario comenzó a suceder después. La fotografía
dejó de ser solamente el registro de un rescate y empezó a adquirir una vida
propia. Personas que probablemente nunca habían conocido a Fabiana sintieron la
necesidad de dibujarla, pintarla y reinterpretar aquella imagen que tanto las
había conmovido.
Su rostro apareció trazado a lápiz y dibujado con bolígrafo
azul. Otros artistas recurrieron a la pintura y a distintas expresiones
gráficas. Hubo interpretaciones digitales y representaciones que incorporaron
los colores de Venezuela. Una artista llegó incluso a reproducir aquella
sonrisa en el diminuto espacio de una uña. Eran técnicas diferentes, realizadas
por personas diferentes, pero todas parecían intentar expresar algo semejante.
No estaban reproduciendo solamente un rostro. Estaban
tratando de representar lo que ese rostro había comenzado a significar.
Y eso me hizo pensar en el poder que algunas imágenes
adquieren en determinados momentos de nuestra historia. Una fotografía puede
trascender el instante en que fue tomada y convertirse en una forma de expresar
emociones que miles de palabras difícilmente podrían describir. Puede
transformar una experiencia profundamente individual en un sentimiento
compartido.
Las sociedades también necesitan símbolos, especialmente
después de una tragedia. Necesitamos cifras para comprender la magnitud de lo
ocurrido, información para tomar decisiones, recursos para atender las
necesidades inmediatas e instituciones capaces de organizar la respuesta y
posteriormente impulsar la reconstrucción. Todo eso es indispensable.
Pero necesitamos también algo profundamente humano: razones
para creer que todavía existe un mañana. Necesitamos imágenes que nos recuerden
que la destrucción no tiene necesariamente la última palabra y que, aun después
de haber perdido tanto, sigue existiendo la posibilidad de comenzar nuevamente.
Durante aquellos días, una niña de 12 años sonriendo entre
los escombros nos regaló, sin saberlo, precisamente eso.
DETRÁS DEL SÍMBOLO ESTÁ FABIANA
Sin embargo, existe otra dimensión de esta historia que
quizás sea todavía más importante. Cuando una persona se convierte en símbolo
corremos el riesgo de comenzar a mirar solamente aquello que representa y dejar
de ver a la persona que existe detrás.
En una reciente conversación con la periodista venezolana Alejandra
Oraa, Fabiana pronunció una frase extraordinariamente sencilla:
“Yo solo quiero seguir siendo una niña de 12 años.”
Me quedé pensando en esas palabras porque contienen una
verdad que fácilmente podemos olvidar. Mientras nosotros vemos una heroína,
ella sigue siendo una niña. Mientras hablamos de resiliencia, fortaleza y
esperanza, ella continúa procesando una experiencia que muy pocas personas
vivirán alguna vez. Mientras observamos aquella fotografía y encontramos
inspiración, detrás de la imagen existe una niña con gustos, amigos, temores,
ilusiones y toda una vida por delante.
A Fabiana le gusta pintar, le gusta el arte y la música, y
sueña con ser actriz. Tiene curiosidades, proyectos y sueños que nada tienen
que ver con un terremoto. Quiere hacer algo absolutamente normal y,
precisamente por eso, profundamente importante: seguir siendo una niña de 12
años.
Existe una paradoja muy humana en todo esto: nosotros
necesitamos símbolos, pero los símbolos siguen siendo personas. Fabiana
puede representar esperanza para miles de personas y, al mismo tiempo, sentir
miedo. Puede inspirarnos y también necesitar ser acompañada. Puede haber
demostrado una fortaleza extraordinaria y no tener que ser fuerte todos los
días. Puede sonreír y también tener derecho a llorar.
Quizás una de las mejores maneras de honrar lo que su
historia ha significado sea precisamente no pedirle que permanezca para siempre
dentro de ella. No convertirla únicamente en “la niña del terremoto”, ni
esperar que cargue durante toda su vida con la responsabilidad de representar
nuestra esperanza. No pedirle que siempre tenga una frase inspiradora ni
esperar que aquella sonrisa se convierta en una obligación.
Honrar a Fabiana también significa permitirle crecer,
estudiar, jugar, compartir con sus amigos, equivocarse, cambiar de opinión,
descubrir nuevos intereses y decidir algún día quién quiere ser. Significa
desear que llegue un momento en el que el terremoto sea un capítulo de su
historia, quizás uno de los más importantes, pero no toda su historia.
Porque también eso forma parte de reconstruir.
DESPUÉS DE SOBREVIVIR
Hay una imagen que las redes sociales muestran con mucha
menos frecuencia: la que viene después. Las cámaras capturan el rescate,
los videos se vuelven virales, las fotografías recorren el mundo y durante
algunos días miles de personas comparten una historia que las conmueve. Después
aparece otra noticia, luego otra, y poco a poco nuestra atención se desplaza.
Pero para quien sobrevivió, la historia no termina cuando se
apagan las cámaras. En muchos sentidos, allí comienza otra historia, mucho más
larga y menos visible.
Fabiana salió de los escombros, pero sobrevivir al momento
de la tragedia no significa que sus consecuencias hayan terminado. Después
vienen los recuerdos, las ausencias, las rutinas interrumpidas, las preguntas y
la necesidad de recuperar la cotidianidad. Ella y su familia también han debido
enfrentar las consecuencias materiales del terremoto y el desafío de volver a
tener un hogar y reconstruir aquello que la tragedia alteró.
Ese después rara vez produce imágenes tan impactantes como
las de un rescate. Sin embargo, puede durar meses o incluso años. La emergencia
tiene un tiempo; la recuperación y la reconstrucción tienen otro. Y cuando la
atención pública disminuye es precisamente cuando muchas personas continúan
necesitando acompañamiento, recursos y oportunidades para comenzar nuevamente.
Por eso existe una diferencia importante entre sobrevivir
y volver a vivir. Sobrevivir significa haber atravesado la tragedia. Volver
a vivir implica recuperar poco a poco la capacidad de pensar más allá de ella.
Volver a vivir ocurre cuando una familia puede nuevamente
imaginar dónde estará el próximo año; cuando un niño regresa a la escuela y
vuelve a hablar de sus amigos y de sus proyectos; cuando alguien recupera su
trabajo, celebra nuevamente un cumpleaños o comienza a planificar algo que
ocurrirá dentro de varios meses. Son acontecimientos aparentemente cotidianos,
pero después de una tragedia adquieren un significado extraordinario.
Quizás una de las señales más profundas de recuperación
aparezca precisamente cuando alguien vuelve a hacer planes. Porque hacer planes
significa creer, aunque sea de manera silenciosa, que habrá un mañana en el
cual esos planes podrán realizarse.
Y entre sobrevivir y volver a vivir existe un camino que
ninguna persona debería verse obligada a recorrer sola.
Esto nos conduce a una pregunta que deberíamos formular con
mayor frecuencia después de cualquier desastre: ¿y ahora qué? ¿Qué
ocurre con quienes perdieron sus hogares cuando dejamos de hablar de ellos?
¿Qué ocurre con los niños y las familias que deben reconstruir su cotidianidad?
¿Qué sucede con una comunidad cuando desaparecen las cámaras, pero permanecen
las consecuencias?
La verdadera medida de nuestra solidaridad quizás no esté
solamente en nuestra capacidad de conmovernos durante la emergencia, sino
también en nuestra disposición a permanecer después de ella. Acompañar cuando
la historia deja de ser noticia, recordar cuando la atención pública se dirige
hacia otra parte, preguntar qué hace falta y contribuir, cada uno desde sus
posibilidades, a reconstruir.
Porque la esperanza puede comenzar siendo una emoción, pero
para transformar una realidad necesita convertirse en acción.
LA OTRA CARA DE LA ESPERANZA
Quizás algunas veces hemos entendido mal la esperanza.
Esperar no significa negar la realidad ni convencernos de que todo estará bien
simplemente porque queremos que así sea. Tampoco significa mantener
permanentemente una actitud positiva frente al dolor o sonreír cuando tenemos
razones para llorar.
La esperanza puede convivir con el miedo, con la
incertidumbre, con el cansancio y con las lágrimas. No elimina el dolor ni
borra aquello que ocurrió. Lo que hace es permitirnos reconocer plenamente una
realidad difícil sin aceptar que esa realidad sea todo lo que somos capaces de
imaginar.
Por eso aquella fotografía de Fabiana resulta tan poderosa.
Los escombros están allí y no desaparecen porque ella sonría. La destrucción es
real. La vulnerabilidad es real. Todo aquello que acababa de ocurrir también lo
es. Pero en medio de esa realidad aparece otra posibilidad: la vida continúa
presente.
La esperanza no niega lo que perdimos; nos permite
imaginar lo que todavía podemos construir.
Esa idea adquiere una dimensión todavía mayor cuando
pensamos en la reconstrucción de las comunidades afectadas. Una sociedad no se
recupera únicamente levantando nuevamente las paredes que cayeron. Por supuesto
que es necesario reconstruir viviendas, reparar escuelas, recuperar carreteras,
restablecer servicios y reactivar la actividad económica. Esa reconstrucción
física es indispensable.
Pero existe también otra reconstrucción, mucho menos
visible: la de las rutinas, los vínculos, la confianza y la sensación de
seguridad. Una casa puede levantarse con concreto y una carretera puede
repararse con ingeniería, pero reconstruir una vida requiere también tiempo,
acompañamiento, oportunidades y la posibilidad de volver a creer en el futuro.
Después de una tragedia existen, de alguna manera, dos
reconstrucciones: la que podemos fotografiar y la que ocurre dentro de las
personas. Ambas son necesarias y ambas requieren tiempo. Quizás por eso la
imagen de Fabiana resulta tan significativa: en una misma fotografía convivían
los restos de aquello que había caído y el rostro de alguien que todavía podía
mirar hacia adelante.
Pero tampoco podemos pedirle a la esperanza que haga por sí
sola el trabajo que nos corresponde a nosotros. La esperanza puede inspirarnos
y recordarnos que existe una posibilidad distinta, pero por sí sola no
reconstruye una casa, no reabre una escuela, no recupera una comunidad ni
acompaña a una familia. Para transformar una realidad necesita decisiones,
recursos, instituciones, solidaridad y personas dispuestas a actuar.
Tal vez por eso deberíamos pensar en la esperanza no
solamente como aquello que sentimos cuando creemos que algo mejor puede
ocurrir, sino también como aquello que hacemos para ayudar a que ocurra.
Una fotografía puede conmovernos y una historia puede inspirarnos, pero llega
un momento en que la emoción necesita convertirse en compromiso.
Existe entonces otra forma de esperanza: la que acompaña y
permanece cuando la atención comienza a desaparecer; la que pregunta qué hace
falta y encuentra alguna manera de ayudar; la que comprende que reconstruir no
es un acto de un día, sino un proceso que puede extenderse durante meses o
años. Es una esperanza menos visible que la de los primeros momentos, pero
quizás sea la que finalmente consigue transformar la posibilidad de un nuevo
comienzo en una realidad.
Y esa esperanza no es únicamente individual. También puede
ser colectiva. Aparece cuando alguien rescata a otra persona, cuando un vecino
ayuda a otro, cuando una comunidad comparte recursos, cuando instituciones y
ciudadanos encuentran maneras de colaborar o cuando alguien que está lejos
pregunta sinceramente qué puede hacer.
La esperanza colectiva comienza cuando comprendemos que el
futuro de los demás también nos importa. Y quizás allí se encuentre una de las
grandes oportunidades que dejan incluso las experiencias más dolorosas: no
solamente reconstruir aquello que cayó, sino preguntarnos qué podemos construir
mejor, qué debemos aprender, qué debemos proteger y a quiénes no podemos dejar
atrás.
EL DERECHO A UN DESPUÉS
Hablamos con frecuencia de “volver a la normalidad” después
de una tragedia. Pero quizás no siempre sea posible, ni siquiera deseable,
regresar exactamente al punto en el que estábamos. Hay experiencias que nos
transforman, pérdidas que permanecen y acontecimientos que cambian nuestra
manera de mirar la vida.
Por eso reconstruir no significa solamente regresar. También
significa avanzar. Significa construir una nueva cotidianidad, recuperar
seguridad y confianza, aprender de lo ocurrido y volver a imaginar
posibilidades. En definitiva, significa recuperar el derecho a un después.
Esto resulta especialmente importante cuando hablamos de los
niños. Ningún niño debería quedar definido para siempre por el peor día de su
vida. Fabiana sobrevivió a una experiencia extraordinaria, pero su futuro no
debería quedar atrapado entre los mismos escombros de los que logró salir.
Tiene derecho a que llegue el día en que las personas le
pregunten menos por el terremoto y más por sus sueños. A ser conocida algún día
por aquello que haga, por lo que pinte, por lo que estudie, por las personas
que ame o, quién sabe, por los personajes que llegue a interpretar si mantiene
su sueño de convertirse en actriz.
Tiene derecho, sencillamente, a escribir todos los capítulos
que vienen después.
Han pasado semanas desde aquel 24 de junio y seguirán
apareciendo nuevas noticias y nuevos acontecimientos. Nuestra atención
continuará moviéndose y probablemente aquella fotografía irá dejando poco a
poco de ocupar nuestras pantallas. Eso forma parte de la vida. Pero sería una
lástima que también desapareciera aquello que esa imagen consiguió despertar en
nosotros.
Fabiana no nos conmovió únicamente porque sobrevivió. Nos
conmovió porque, en un momento en el que todo a su alrededor parecía hablar de
destrucción, su rostro parecía decir algo diferente: todavía existe vida aquí,
todavía puede existir un después.
Hoy muchos ven en Fabiana la cara de la esperanza. Yo
también puedo verla. Pero quisiera que con el paso del tiempo seamos capaces de
ver algo todavía más importante: a Fabiana. A la niña detrás de la fotografía y
detrás del símbolo. A una niña que sobrevivió, pero que ahora merece algo mucho
más grande que nuestra admiración: merece su futuro.
Quizás nuestra responsabilidad no sea solamente recordar
aquella sonrisa, sino contribuir, cada uno desde el lugar que le corresponda, a
construir una sociedad en la que existan razones para conservarla. Una sociedad
capaz de rescatar, pero también de acompañar; capaz de responder durante la
emergencia, pero también de permanecer durante la reconstrucción; capaz de
conmoverse frente a una historia, pero también de preguntarse qué puede hacer
después.
Porque la esperanza no termina cuando alguien sale de los
escombros. Continúa cuando una familia vuelve a tener hogar, cuando un niño
regresa a la escuela, cuando una comunidad recupera sus espacios, cuando
regresan el trabajo y los proyectos y cuando alguien que atravesó una tragedia
recupera algo aparentemente sencillo, pero profundamente poderoso: la capacidad
de volver a pensar en mañana.
Fabiana nos regaló, sin proponérselo, una imagen que
difícilmente olvidaremos. Una sonrisa entre los escombros que, durante unos
instantes, nos permitió mirar más allá de la destrucción y recordar que incluso
en las circunstancias más difíciles puede existir la posibilidad de un futuro.
Y quizás, después de conocer su historia, podamos regresar a
la pregunta con la que comenzamos:
¿Qué cara tiene la esperanza?
Tal vez la esperanza tenga muchas caras: la de quien
rescata, la de quien acompaña, la de una familia que vuelve a empezar, la de
una comunidad que decide reconstruirse y la de quienes permanecen cuando otros
ya se han ido.
Y sí, también puede tener la cara de una niña de 12 años que
sonrió entre los escombros.
Pero quizás Fabiana nos haya enseñado algo todavía más
importante: que admirar la esperanza no es suficiente. Debemos ayudar a
convertirla en posibilidad, en reconstrucción y, finalmente, en futuro.
Porque la esperanza puede tener una cara. Pero para
construir el mañana también necesita nuestras manos.
Desde la MOTITUD.
