45
minutos entre el PH y el sótano
Crónica
de un encierro, varios regaños y un voto de silencio que nunca tuvo futuro
Luis Vicente Garcia
Hay experiencias que uno busca. Otras que uno evita. Y hay algunas que simplemente te encuentran, te meten en un ascensor, cierran la puerta y deciden que no vas a salir hasta que aprendas algo sobre la vida, la paciencia y, especialmente, el prudente arte de mantener la boca cerrada.
Esta es una de esas historias.
Todo comenzó como comienzan casi todas las pequeñas
tragedias de la vida moderna: con absoluta normalidad. Entramos al ascensor de
un edificio, apretamos el botón correspondiente y nos dispusimos a continuar
nuestro día.
Pero el ascensor tenía otros planes.
De repente, se detuvo.
Al principio, nada demasiado preocupante. Un ascensor
detenido puede ser simplemente un ascensor pensando. Quizás necesitaba
reflexionar sobre su existencia, reconsiderar su vocación de servicio o decidir
si realmente quería seguir dedicándose al transporte vertical de seres humanos.
Pero pasaron los segundos. Y no se movió.
Apretamos botones. Nada.
Volvimos a apretarlos, esta vez con mayor convicción, como
si la firmeza del dedo pudiera convencer a una máquina de reconsiderar sus
decisiones.
Nada.
Y entonces llegó ese momento maravilloso en el que varias
personas, encerradas en un espacio reducido, descubren que cada una tiene una
manera completamente diferente de enfrentar una crisis.
Algunos se preocupan. Otros se desesperan. Unos intentan
encontrar soluciones. Otros comienzan a imaginar escenarios cada vez más
catastróficos.
Y después estoy yo.
Yo cuento un chiste. Error.
Primer
regaño.
—¡La gente no está pa' chistecitos!
Comprendí inmediatamente que el humor no formaba parte del
protocolo de emergencia aprobado por los demás pasajeros.
Intenté comportarme.
Alguien dijo algo. Otra persona respondió. Y yo, pues,
también intervine.
Las miradas comenzaron a voltear hacia mí y a adquirir esa
expresión tan nuestra que llamamos ojos puyúos. Esas miradas que no
necesitan palabras porque ya vienen con signos de exclamación incorporados.
La
temperatura empezó a subir.
Y no me refiero solamente a la temperatura emocional.
Comenzó a hacer calor. Las frentes empezaron a sudar. El
aire parecía reducirse proporcionalmente al aumento de la tensión. Los
teléfonos no funcionaban como necesitábamos. En el piso no había nadie que
pudiera ayudarnos inmediatamente.
Al rato, afuera comenzaron a escucharse voces.
Alguien anunció que iban a apagar el ascensor y volverlo a
encender.
Una solución que, debo reconocer, tiene una lógica
extraordinaria en el mundo contemporáneo. Cuando algo no funciona, se apaga y
se vuelve a prender. Funciona con las computadoras, los teléfonos, los
televisores y, aparentemente, también merece intentarse con los ascensores.
Lo apagaron. Y nos quedamos sin la poca luz que había.
Lo encendieron. Nada.
Repitieron la operación. Nada, again.
Nuestro ascensor se mantenía firme en su decisión de no
colaborar.
Mientras tanto, la pantalla ofrecía información que parecía
escrita por un guionista de comedias absurdas.
Primero marcaba PH. Después, sótano.
Luego aparecieron unos puntos que bailaban alegremente por
la pantalla, como si estuvieran celebrando algo que nosotros desconocíamos.
El ascensor no se movía, pero su imaginación viajaba por
todo el edificio.
Fue entonces cuando alguien desde afuera hizo la pregunta
más extraordinaria de la jornada:
—¿Dónde están ustedes?
No pude resistirme.
—¡En el ascensor!
Segundo regaño.
Debo reconocer que había respondido con una absoluta
precisión geográfica como la que descubrió Galileo. Quizás no era la
información que necesitaban, pero tampoco podían acusarme de faltar a la
verdad.
Comprendí que mi sentido del humor y el estado emocional de
mis compañeros de cautiverio estaban operando en frecuencias completamente
diferentes.
Así que tomé una decisión solemne: hice un voto de silencio.
Un compromiso serio, profundo, casi espiritual, inspirado en
siglos de tradiciones contemplativas y en la necesidad inmediata de preservar
mi integridad física.
Pero duró muy poco. Lo reconozco.
Porque cada vez que alguien decía algo particularmente
angustiante, alarmante o dramático, mi cerebro encontraba una oportunidad
irresistible para producir un nuevo comentario.
O un chiste malo, como dirían mis hijos.
Aunque, para ser justos, debo reconocer que tengo una
sobrina que siempre se ríe de mis ocurrencias. Lo cual demuestra que todavía
existen personas con un sentido del humor admirable.
Y antes de que mi prudencia pudiera intervenir, las palabras
ya habían salido.
Y ¡suaz! Sí, otro regaño.
A estas alturas, comenzaba a sospechar que el verdadero
peligro no era quedarme encerrado, sino seguir haciendo comentarios.
Aunque, para ser justo, debo admitir que estoy bastante
acostumbrado a recibir este tipo de advertencias. O, más bien, sugerencias discretas
muy directas.
De esas
que se resumen perfectamente en una frase que todos conocemos:
«Calladito te ves más bonito».
Aunque, que conste, nunca he sido particularmente
disciplinado en seguir ese consejo. Y esta, confieso, es una habilidad que he
cultivado durante muchos años.
Y entonces, cuando la paciencia comenzaba a escasear tanto
como el aire fresco, apareció un personaje que terminaría convirtiéndose en el
verdadero protagonista de nuestra aventura.
Tomás. Nuestro hombre de confianza, aunque fue allí
donde lo conocimos. Nuestro salvador. El héroe que todavía no sabía que estaba
a punto de enfrentarse a una de las misiones más agotadoras de su jornada (y
era, además, un domingo, el supuesto día de descanso).
También apareció el dueño del apartamento, pero desde el
techo del edificio. Se multiplicaron las voces, las preguntas y los intentos de
resolver la situación.
Intentaron abrir las puertas desde afuera. Nada.
Nosotros intentamos desde adentro. Y nada.
Las puertas parecían haber firmado un acuerdo de
confidencialidad con el ascensor: no se abrirían bajo ninguna circunstancia.
Los minutos avanzaban. El calor también. Y el estrés, que al
principio había sido un invitado ocasional, ya se había instalado cómodamente
entre nosotros, en aquel espacio tan pequeño, y parecía dispuesto a quedarse a
vivir allí.
Hasta que, después de un buen rato de encierro, llegó la
noticia que todos esperábamos.
Habían encontrado una manera de bajar el ascensor.
Manualmente. Centímetro a centímetro.
Y allí comenzó una nueva etapa de nuestra aventura: el
descenso.
Bajábamos un poco. Nos deteníamos.
Bajábamos otro poco. Nueva pausa.
Pensé en decir algo, pero gracias a Dios que me contuve pues
si no, hubiera salido volando de esa caja metálica de las emociones
encontradas, o en otras palabras, el transporte vertical de paciencia limitada
donde nos encontrábamos.
Desde afuera escuchábamos los esfuerzos de Tomás, quien
realizaba la maniobra. El pobre hombre se cansaba. Y con razón. Aquello no era
precisamente una actividad recreativa.
Yo, que para entonces había comprendido las ventajas de la
supervivencia silenciosa, observaba los acontecimientos con una serenidad que
probablemente era confundida con madurez.
Pero en realidad no era madurez, era pánico a otro regaño.
Y, para mayor seguridad, ya estaba semi-acostado en el piso,
adoptando una posición que combinaba resignación, prudencia y una discreta
estrategia de supervivencia, aunque sujeto a pataditas estilo los mejores
juegos de fútbol.
Y así, entre sudores, nervios, esfuerzos y centímetros
conquistados, finalmente llegó el momento que todos esperábamos.
O eso pensamos.
Porque, cuando creíamos haber llegado a nuestro destino,
descubrimos que estábamos detenidos entre la planta baja y el sótano.
Faltaba aproximadamente un metro. Un metro, o un poco más.
¿Quién hubiera imaginado que un metro podía convertirse
en una distancia tan extraordinaria?
Tomás seguía afuera, luchando contra la maquinaria, la
gravedad y, posiblemente, contra el cansancio acumulado en su brazo.
Y entonces comenzó un diálogo digno de una representación
teatral:
—¡Sigue, Tomás, que todavía falta!
—¡Voy, voy!
—¡Pero sigue, hombre!
—¡Déjenme descansar, que ya no puedo más!
Y entonces, desde las profundidades de nuestro encierro, se
escuchó una voz que habría hecho temblar al mismísimo Zeus:
—¡¡¡PERO QUE SIGAAAAAS!!!
Silencio absoluto…
Mientras que el pobre Tomás, que seguramente nunca imaginó
que su jornada terminaría convirtiéndolo en protagonista de una epopeya
vertical, siguió bajándonos.
Centímetro a centímetro, pero parecía menos inclusive.
A estas alturas, aquel último metro se sintió más largo que
la distancia entre Caracas y Maracaibo.
Y yo permanecía prudentemente callado.
No porque me faltaran comentarios. Al contrario, mi cerebro
estaba produciendo material suficiente para tres artículos y una conferencia.
Pero había aprendido que existen momentos en los que la mejor contribución que uno puede ofrecer a la humanidad es: guardar silencio. Aunque sea temporalmente.
Finalmente, después de una eternidad comprimida en unos
cuantos centímetros, llegamos al nivel esperado.
Y entonces escuchamos las palabras más hermosas de toda
aquella jornada:
—¡Ya los vamos a sacar!
¡La puerta se abrió! O eso pensamos.
Porque lo que apareció fue apenas una pequeña ranura. Una
rendija diminuta que, sin embargo, nos pareció la entrada al paraíso.
—¡Empujen! Empujamos.
—¡No, pa'l otro lado! Cambiamos de dirección.
—¡Un poquito más!
Y así comenzó una nueva negociación entre los pasajeros, los
rescatistas y unas puertas que parecían empeñadas en defender su derecho
constitucional a permanecer cerradas.
Finalmente, entre todos, logramos convencerlas de que había
llegado el momento de romper aquel acuerdo de confidencialidad que habían
firmado con el ascensor.
Y las puertas se abrieron, como con arte de magia con
esfuerzo y superación.
Esta vez, de verdad.
Salimos. Libres, al fin. De vuelta al mundo exterior.
Nunca
unos pocos metros de pasillo habían parecido tan atractivos.
Nunca la
temperatura de un corredor había resultado tan refrescante.
Y nunca el simple acto de caminar, sin depender de cables,
motores ni botones, había parecido un privilegio tan maravilloso.
Y entonces comenzó la segunda parte de la aventura; esa que
suele durar mucho más que la primera.
Porque ahora vienen los cuentos.
Vendrá el inevitable «yo se los dije», aunque todavía
no sabemos exactamente quién dijo qué ni cuándo.
Vendrá el solemne «yo no me vuelvo a montar en ese
ascensor», pronunciado con la firmeza de quien acaba de hacer un juramento
constitucional.
Vendrán las reconstrucciones de los hechos, las
interpretaciones individuales, los detalles que nadie recuerda haber visto y
las versiones que, con el paso de los días, adquirirán proporciones cada vez
más épicas, casi como para merecer un capítulo adicional de La Odisea.
Probablemente dentro de unos meses alguien dirá que
estuvimos encerrados durante dos horas, sin oxígeno, a punto de desfallecer,
mientras un heroico Tomás luchaba contra las fuerzas de la gravedad, armado
únicamente de su determinación y un brazo cada vez más cansado.
Y también es posible que alguien recuerde a cierto individuo
que, en lugar de guardar silencio, insistía en hacer chistes de dudosa
oportunidad.
No daré nombres; pero lo conozco bastante bien.
Y al final, cuando uno vuelve a mirar estas cosas con cierta
distancia, descubre algo curioso:
La vida está llena de pequeños encierros. Situaciones que no
controlamos, planes que se interrumpen, máquinas que se niegan a funcionar y
personas que reaccionan de maneras muy diferentes ante una misma circunstancia.
Y hay quienes recurrimos al humor, no porque ignoremos la
dificultad del momento, sino porque, a veces, creo, una sonrisa ayuda a hacer
más llevadera la incertidumbre.
Claro que también hay que aprender a escoger el momento.
Esa lección todavía la tengo pendiente.
Y, para ser sincero, tampoco puedo garantizar que vaya a
practicarla demasiado.
Lo interesante es que, una vez superado el episodio, aquello
que durante aproximadamente cuarenta y cinco minutos pareció tan angustiante y
eterno, comienza a transformarse en una historia. Y luego en una anécdota. Y
finalmente en uno de esos recuerdos que se cuentan durante años, acompañados de
risas y de versiones cada vez más creativas.
Los
ascensores seguirán dañándose.
Las
personas seguirán desesperándose.
Los conserjes seguirán haciendo lo posible por resolver
situaciones imposibles.
Y yo, probablemente, seguiré haciendo algún comentario
inoportuno.
Porque, a fin de cuentas, la vida también está hecha de
estas pequeñas aventuras inesperadas que interrumpen nuestra rutina y terminan
formando parte de nuestra memoria.
Eso sí, hay algo que todavía me preocupa.
La próxima vez que entremos juntos a un ascensor y alguien
pregunte:
—¿Subimos?
No sé si me dejarán entrar. Y si me dejan, posiblemente me
exijan firmar previamente un compromiso de silencio.
Aunque, conociéndome, dudo mucho que eso funcione.
Porque hay ascensores que se quedan trancados.
Y hay
bocas que, por más que uno lo intente, no se pueden cerrar.



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