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domingo, 18 de octubre de 2026

El eco de octubre: de Baltimore 1982 a Milwaukee 2026

 El eco de octubre: de Baltimore 1982 a Milwaukee 2026

Recreación visual del Memorial Stadium durante la carrera por el banderín de 1982.

En octubre de 1982 yo vivía en Washington, D.C., pero mi equipo eran los Baltimore Orioles. Nunca imaginé que una tarde de béisbol en Memorial Stadium quedaría resonando en mi memoria durante más de cuatro décadas. Sin embargo, al ver ahora a los Milwaukee Brewers regresar a la Serie Mundial, aquel octubre vuelve con una nitidez inesperada: el estadio, la tensión, Earl Weaver en el dugout y la sensación de que cada lanzamiento podía decidir una temporada.

Era la última serie de la temporada regular de 1982. Los Brewers llegaban a Baltimore liderando la División Este de la Liga Americana por tres juegos, con apenas cuatro partidos por disputar. Necesitaban ganar solo uno para asegurar el título. Los Orioles, en cambio, necesitaban una barrida. Era una posibilidad remota, pero el béisbol tiene una forma muy particular de mantener con vida aquello que, en apariencia, ya está decidido.

El viernes 1 de octubre se jugó una doble cartelera. Baltimore ganó el primer juego 8–3 y el segundo 7–1. En cuestión de horas, la distancia se redujo de tres juegos a uno. Milwaukee seguía teniendo la ventaja, pero el ambiente había cambiado por completo. La presión ya no era únicamente de Baltimore, que perseguía una remontada improbable; ahora también recaía sobre los Brewers, que veían cómo una ventaja que parecía suficiente comenzaba a desaparecer.

El sábado 2 de octubre se jugó el tercer partido de la serie, el penúltimo de aquella temporada para ambos equipos. Yo estuve allí.

Baltimore ganó 11–3 y alcanzó a Milwaukee en el primer lugar. Pero un marcador no alcanza a explicar lo que ocurrió aquella tarde.

Memorial Stadium, el viejo estadio de los Orioles, estaba electrizado. Más de 47.000 personas entendíamos que estábamos presenciando algo irrepetible. Cada lanzamiento tenía el peso de una temporada completa; cada turno al bate podía cambiar el rumbo de la división; cada momento hacía aumentar la tensión. Cada hit de Milwaukee producía preocupación, pero cada hit de los Birds provocaba una descarga de emoción que recorría las gradas.

El juego avanzaba lentamente, como suelen avanzar los grandes partidos de octubre, pero se vivía con una velocidad emocional difícil de describir. Había tensión, estrés, esperanza y una necesidad colectiva de ganar. No era solamente el deseo de vencer a un rival; era la posibilidad de completar una remontada que, pocos días antes, parecía imposible.

Los jugadores respondieron con un compromiso extraordinario. Baltimore produjo 18 hits. La ofensiva atacó temprano y siguió presionando. Mike Flanagan tuvo dificultades, pero Sammy Stewart entró desde el bullpen y lanzó 5⅔ innings sin permitir carreras. A medida que la ventaja crecía, el estadio comprendía que aquello no era una reacción pasajera: los Orioles estaban haciendo real la posibilidad de llegar al último día empatados en la cima.

Y estaba Earl Weaver: emblemático, exigente, de gestos inconfundibles y, con los años, miembro del Salón de la Fama del Béisbol.

Recreación artística inspirada en la energía de Earl Weaver desde el dugout. 

Recuerdo sus gestos constantes desde el dugout, su intensidad, su manera de vivir cada lanzamiento y cada jugada. Weaver no dirigía el partido desde la distancia: parecía discutirlo, empujarlo y sufrirlo junto con el estadio entero. Era la expresión de una forma de entender el béisbol: preparación, estrategia, convicción y una exigencia competitiva absoluta.

Aquel sábado no fue solo una exhibición ofensiva. Fue un juego de estrategia, ritmo y temperamento. Era imposible no percibir el compromiso de los jugadores, la energía de un equipo que se negaba a aceptar que la temporada estuviera definida y la conexión que se había creado con la afición. Durante unas horas, Memorial Stadium dejó de ser solamente un estadio: se convirtió en una comunidad unida por la posibilidad de lograr lo improbable.

En aquel equipo jugaba un joven Cal Ripken Jr., quien al terminar la temporada sería elegido Novato del Año de la Liga Americana. Ripken formaba parte de esa generación que aprendía a competir bajo la exigencia de Earl Weaver y, años después, volvería sobre sus primeros años en Baltimore y la influencia de Weaver en su autobiografía, The Only Way I Know, escrita con Mike Bryan. La serie final de 1982 —y en particular aquel sábado 2 de octubre, cuando los Orioles empataron el primer lugar— ocupa un lugar natural en ese recuerdo: no como un partido más, sino como la expresión de un equipo que se negaba a ceder. La carrera final por el banderín de 1982 forma parte de ese momento fundacional: un equipo que no cedió, una ciudad comprometida y un estadio convertido en protagonista.

La tensión ya se había instalado la noche anterior. Después de que Baltimore ganara los dos juegos de la doble cartelera del viernes, Ripken resumió el ánimo del clubhouse con una sobriedad reveladora: Milwaukee todavía tenía la ventaja porque le bastaba con ganar un juego, pero el espíritu del equipo era no permitir que los Brewers ganaran ninguno. Esa convicción se trasladó al Memorial Stadium el sábado: jugadores comprometidos, una ciudad movilizada y un estadio convertido en protagonista de la remontada. 

Recreación de la tensión y la euforia de Baltimore en el juego del 2 de octubre de 1982.

El domingo 3 de octubre llegó el desenlace. Jim Palmer abrió por Baltimore y Don Sutton por Milwaukee. Era un partido definitivo: quien ganara se quedaba con la división. Los Brewers se impusieron 10–2, impulsados, entre otros momentos, por dos jonrones de Robin Yount. Milwaukee ganó la división por un juego y avanzó luego a la Serie Mundial.

Para Baltimore fue una derrota dolorosa, pero el final tuvo una dimensión que trascendió el resultado. Earl Weaver había anunciado que se retiraría al terminar la temporada, y ese domingo fue su despedida. Cuando el juego concluyó, las 51.642 personas presentes en Memorial Stadium no se fueron. Permanecieron allí durante más de una hora para reconocer al manager y al equipo.

Aquella ovación no era una celebración de la derrota. Era el agradecimiento a un líder que había construido una identidad, que había exigido excelencia y que había llevado a su organización a competir hasta el último día. Era también el reconocimiento de una afición que había vivido una semana de béisbol extraordinaria y que entendía que, aun sin el triunfo final, había sido parte de algo memorable.

Durante cuarenta y cuatro años, aquella serie fue para mí una memoria completa: la extraordinaria reacción de Baltimore, la decepción del domingo y la despedida de Earl Weaver. Pero las grandes historias deportivas no siempre terminan cuando concluye un juego. A veces permanecen en silencio, esperando otra temporada, otro equipo y otro octubre para volver a hablar.

En 1982, los Brewers pertenecían a la Liga Americana y eran rivales directos de los Orioles en la División Este. Quince años después, la organización se trasladó a la Liga Nacional; desde 1998 compite en la División Central. Fue una transición singular en la historia del béisbol, producto de la reorganización que acompañó la expansión de MLB.

El paso del tiempo no trajo un regreso inmediato a la Serie Mundial. Milwaukee tuvo temporadas competitivas, logró clasificaciones a la postemporada y estuvo cerca en distintos momentos, especialmente en las Series de Campeonato de 2011 y 2018. En años recientes consolidó una organización capaz de competir regularmente en octubre. Sin embargo, persistía una ausencia: los Brewers no habían regresado a una Serie Mundial desde 1982.

Los Dodgers se convirtieron además en parte importante de esa espera. Milwaukee había sido eliminado por Los Ángeles en tres postemporadas de la última década. El año anterior, los Dodgers barrieron a los Brewers en la Serie de Campeonato de la Liga Nacional rumbo a su segundo título consecutivo de Serie Mundial.

Hasta que llegó 2026.

Cuarenta y cuatro años después de aquella tarde en Baltimore, los Brewers regresan a la Serie Mundial. Y lo hacen de una manera difícil de anticipar: barriendo 4–0 a los Dodgers de Los Ángeles, los campeones de las dos Series Mundiales anteriores.

El cuarto juego resumió el carácter de esta nueva versión de Milwaukee. Los Brewers comenzaron perdiendo 4–0. Podían haber cedido ante un rival de enorme talento, experiencia y peso histórico. No lo hicieron. Fueron reduciendo la diferencia, recuperaron el control del juego y terminaron ganando 6–4. Garrett Mitchell conectó el jonrón que les dio la ventaja; Aaron Ashby aseguró los últimos nueve outs. Milwaukee no solo ganó una serie: revirtió la historia frente al equipo que lo había eliminado un año antes.

Hay una simetría hermosa en todo esto. En 1982, Milwaukee resistió la formidable reacción de Baltimore para llegar a la Serie Mundial como campeón de la Liga Americana. En 2026, ya como campeón de la Liga Nacional, regresa al mismo escenario después de derrotar con autoridad al equipo dominante de su época.

Para mí, esta noticia tiene un significado que va más allá de la actualidad deportiva. Es el eco de octubre: el eco de Baltimore en 1982, de un estadio electrizado, de Earl Weaver viviendo cada jugada desde el dugout, de Cal Ripken comenzando a escribir su historia y de una afición que se negó a rendirse. Pero ese eco no termina en Milwaukee: también me devuelve a los Orioles y a la temporada siguiente.

Y regresando a los Orioles, aquella derrota ante Milwaukee en el último juego de 1982 no fue el final de la historia. Fue, de alguna manera, el prólogo de una temporada extraordinaria. Un año después, Baltimore volvió a competir con la misma determinación, ganó la División Este de la Liga Americana y enfrentó a los Chicago White Sox en la Serie de Campeonato.

También estuve allí, esta vez con mi padre, en el segundo juego de aquella serie. Estábamos sentados en las gradas del último piso, hacia el poste del jardín derecho. Recuerdo la gran emoción y la algarabía de Memorial Stadium cuando los Orioles ganaron 4–0 y empataron la serie. Era otro octubre decisivo, otra oportunidad para Baltimore y otra prueba de que aquel equipo sabía responder bajo presión.

Sin embargo, aunque aquella tarde de 1983 fue profundamente especial —por el juego, por el triunfo y por haberla compartido con mi padre—, quizá nunca volvió a igualar la intensidad emocional del penúltimo juego de 1982. Ese sábado tenía una electricidad singular: la remontada parecía imposible, la temporada podía terminar en cualquier lanzamiento y todo el estadio sentía que estaba viviendo algo irrepetible.

Los Orioles ganarían luego la Serie de Campeonato y derrotarían luego a los Philadelphia Phillies para conquistar la Serie Mundial de 1983. Para quienes habíamos vivido la frustración y la despedida de Earl Weaver el año anterior, aquel triunfo confirmó una de las lecciones más hermosas del deporte: una derrota no siempre cierra una historia; a veces prepara el carácter con el que se escribirá la siguiente.


Referencia: Cal Ripken Jr., con Mike Bryan, The Only Way I Know: With Highlights from the 1997 Season, Viking, 1998.

Imágenes generadas con inteligencia artificial a partir de una dirección conceptual de Luis Vicente García (2026). Recreaciones visuales inspiradas en los recuerdos del autor y en el contexto histórico de los Orioles de Baltimore y el Memorial Stadium; no son fotografías históricas.

jueves, 19 de marzo de 2026

Cuando un equipo cree: el campeonato que nos recordó de qué estamos hechos

Durante años —quizás décadas— Venezuela soñó con este momento.

Un equipo levantando el trofeo más importante del béisbol mundial.
Un país entero unido por una misma emoción.
Un grito contenido por generaciones que finalmente encontró su salida:

Somos campeones del mundo.

Pero este logro no es solo deportivo.
Es profundamente humano.

Es una historia de liderazgo, de resiliencia… y de creencia.

El momento que lo explica todo

Porque este campeonato no fue casualidad.
Fue el resultado de creer… cuando otros dudaban.
De resistir… cuando otros se rendían.
Y de seguir… cuando el camino no estaba claro.

Ahí está todo.

No solo en el béisbol.
En la vida.

Liderazgo que piensa y decide

Este campeonato también se ganó desde el liderazgo.

Un manager que no improvisó.
Que midió, calculó y decidió.

Que entendió que liderar no es solo motivar…
sino tomar decisiones correctas en momentos difíciles.

Ese tipo de liderazgo es el que transforma equipos…
y también organizaciones.

El poder de guiar: de estrellas a mentores

Figuras como Cabrera y Santana nos recuerdan algo esencial:

El liderazgo evoluciona.

Pasaron de ser protagonistas a ser formadores.
De brillar individualmente a hacer brillar a otros.

Y desde ahí, lograron algo aún más grande.

Porque el verdadero impacto de un líder
no se mide por lo que logra solo…
sino por lo que ayuda a construir en equipo.

Los héroes que no siempre vemos

En cada gran logro hay personas que no salen en la foto principal.

Jugadores que ejecutan en silencio.
Que sostienen el juego.
Que hacen lo correcto sin buscar reconocimiento.

Ellos son la base.

En la vida también ocurre así:

los grandes resultados se construyen con talento…
pero se sostienen con compromiso.

La preparación invisible

Nada de esto fue improvisado.

Detrás hubo disciplina.
Entrenamiento.
Correcciones constantes.

Porque los grandes momentos no se crean en el instante.
Se construyen mucho antes.

Un propósito más grande

Este equipo no jugó solo por ganar.

Jugó por representar.
Por honrar.
Por inspirar.

Jugó por un país.

Y cuando el propósito es más grande que el individuo…
todo cambia.

Reflexión final

Este campeonato nos deja una lección poderosa:

No importa el contexto.
No importa cuán difícil haya sido el camino.

Siempre existe la posibilidad de construir algo extraordinario.

Pero requiere algo fundamental: creer.



Desde la MOTITUD

Cuando un equipo cree… gana.
Pero cuando un país cree… se transforma.

 

 

martes, 18 de junio de 2024

Willie Mays: The Life and Legacy of Baseball's Greatest All-Around Player

Willie Howard Mays Jr., born on May 6, 1931, in Westfield, Alabama, emerged from humble beginnings to become one of the most celebrated figures in the history of baseball. Growing up in the segregated South, Mays displayed prodigious talent from a young age. His father, a gifted baseball player in his own right, and his mother, a talented basketball player, provided the genetic foundation and encouragement that would set Mays on his path to greatness. By his teenage years, he was already showcasing his exceptional skills with the Birmingham Black Barons of the Negro American League, balancing school and professional play with remarkable poise.

Mays made his Major League Baseball debut on May 25, 1951, with the New York Giants. Despite a challenging start, he quickly found his footing and began to demonstrate the extraordinary combination of power, speed, and defensive prowess that would define his career. His ability to excel in every aspect of the game earned him the nickname "The Say Hey Kid."

One of the defining moments of Mays' career came in the 1954 World Series, when he made an iconic over-the-shoulder catch, known simply as "The Catch," a play that remains one of the most celebrated in baseball history. That same year, he won the first of his two MVP awards, solidifying his status as one of the game's premier talents.

Over a career spanning more than two decades, Mays accumulated a remarkable list of achievements:

  • Home Runs: 660, placing him among the all-time leaders.
  • Hits: 3,283.
  • Batting Average: .302.
  • Stolen Bases: 338.
  • All-Star Appearances: 24 times.
  • Gold Glove Awards: 12, underscoring his defensive excellence.
  • World Series Champion: 1954.

Mays' combination of power and speed was rare, but it was his defensive skills that set him apart. His ability to cover vast expanses of outfield territory with grace and precision made him a constant highlight reel and a perennial Gold Glove winner.

Willie Mays is more than just his statistics. He played with a joy and flair that captivated fans and earned the respect of his peers. His style of play helped to popularize the sport and inspired countless young athletes. As one of the first African American players to break into Major League Baseball, Mays also played a crucial role in the integration of the sport, following in the footsteps of pioneers like Jackie Robinson.


Mays' influence extends beyond the diamond. He has been an ambassador for the game, engaging in philanthropic efforts and working to promote baseball to new generations. His autobiography and numerous biographies detail not just his on-field achievements but also his experiences off the field, offering a window into the life of a man who has seen and shaped so much of baseball history. In 1979, Willie Mays was inducted into the Baseball Hall of
Fame on his first ballot, a testament to his unparalleled career. His legacy is celebrated annually through various awards and honors, and he remains a fixture at baseball events, where his presence is a reminder of the game's rich history.

"In order to excel, you must be completely dedicated to your chosen sport. You must also be prepared to work hard and be willing to accept constructive criticism. Without one-hundred percent dedication, you won't be able to do this."

Today, as we learn about Willie Mays’ death at 93, we honor the great man, incredible baseball player and wonderful human being who he was: a center fielder whose all-around brilliance in sports and in life will perdure forever. For he was named “the greatest all-around player in baseball history”.

 Mays' life and career are testaments to the power of talent, determination, and character. From his early days in Alabama to his legendary status in Major League Baseball, Mays has left an indelible mark on the sport. His legacy is not just in the records he set but in the countless players he inspired and the joy he brought to fans. Willie Mays is, and always will be, one of baseball's greatest all-around players.

viernes, 29 de marzo de 2024

Openning Day en las Grandes Ligas y los retos para las organizaciones.

Hoy en los Estados Unidos es el Día Inaugural (u Openning Day) de la Major League Baseball (MLB); es el día en el que comienza oficialmente la nueva temporada. Es un momento emocionante para los fanáticos del béisbol, ya que marca el inicio de una nueva temporada en la que todos los equipos tendrán un nuevo comienzo y la oportunidad de competir por el campeonato. Y quiero hablarles de cómo el béisbol puede enseñarnos mucho sobre liderazgo, actitud y motivación tanto para nosotros como para nuestras empresas

El día inaugural suele celebrarse con eventos especiales, festividades y ceremonias en los estadios de toda la liga y es un momento en el que los fanáticos se reúnen para apoyar a sus equipos y jugadores favoritos. Con cada nueva temporada de la MLB, los fanáticos podemos esperar mucha emoción, competencia y sorpresas. Aquí hay algunas cosas a tener en cuenta en esta nueva temporada:

  •         Rivalidades: Uno de los aspectos más emocionantes del béisbol son las intensas rivalidades entre los equipos; seguro van a haber enfrentamientos emocionantes entre rivales de larga data, lo que crea una atmósfera eléctrica en los estadios.
  •         Estrellas emergentes: Cada temporada hay nuevos jugadores que emergen como estrellas emergentes, haciéndose un nombre con actuaciones impresionantes y que podrían tener un impacto significativo en el éxito de su equipo.
  •         Nuevos Récords: Cada temporada, los jugadores tienen la oportunidad de lograr hitos importantes en sus carreras, lo que podría incluir alcanzar una cierta cantidad de jonrones, ponches, hits o victorias; y con eso se crea parte de la historia del beisbol.
  •         Carrera por los playoffs: A medida que avanza la temporada, los equipos competirán por un lugar en los playoffs y por una oportunidad de ganar el campeonato de la Serie Mundial; una carrera intensa, impredecible y llena de emociones.


Aquí me quiero detener con dos de los aspectos que más me gusta del beisbol, que son su competitividad y el desempeño que se alcanza. El objetivo de muchos equipos es llegar a los playoffs y, finalmente, a la Serie Mundial. Para lograrlo y convertirse en campeones del mundo, los equipos tendrán que desempeñarse a un nivel excepcional durante la temporada regular y sobresalir en los playoffs. 

Algunos de los pasos clave que los equipos deben seguir para llegar a la Serie Mundial son los siguientes:

  1. Tener un buen rendimiento en la temporada regular: los equipos compiten para clasificarse para los playoffs, por lo que deben desempeñarse consistentemente bien durante toda la temporada ganando juegos, jugando una defensa
    sólida y obteniendo buenas actuaciones tanto de sus lanzadores como de sus bateadores.
  2. Clasificar para los Playoffs: En la MLB, el formato de los playoffs incluye juegos de comodines, series divisionales, series de campeonato y, en última instancia, la Serie Mundial. Es una competencia de durabilidad, resistencia, tácticas y consistencia.
  3. Ganar en la postemporada: una vez que un equipo se ha clasificado para los playoffs, debe tener un buen desempeño para avanzar a la siguiente ronda. Ganar en los playoffs requiere de un cuerpo fuerte de lanzadores, un bateo oportuno, una defensa sólida y la capacidad de desempeñarse bajo presión en situaciones de alta presión.
  4. Avanzar a través de las Rondas: A medida que los equipos avanzan en los playoffs, enfrentan una competencia cada vez más dura de otros contendientes; ganar estas series requiere profundidad, talento y resistencia para superar a oponentes formidables.
  5. Competir en la Serie Mundial: La serie de campeonato definitiva de la MLB, donde los campeones de la Liga Americana y la Liga Nacional se enfrentan en una serie al mejor de siete juegos para determinar el campeón de la Serie Mundial. 

Por supuesto, para llegar a la Serie Mundial un equipo necesita demostrar una serie de características como, por ejemplo, consistencia, resiliencia, talento y capacidad para corregir y cambiar de estrategias si es necesario. Para ganar juegos necesitan una defensa sólida y obtener fuertes contribuciones tanto de sus lanzadores como de sus bateadores; se requiere una combinación de desempeño individual, química de equipo, toma de decisiones estratégicas y gran performance para afrontar los desafíos de una larga temporada regular (162 juegos).

Al igual que los equipos que ganan una Serie Mundial, las empresas y sus equipos de trabajo requieren una combinación de talento, coordinación, entrenamiento, aprendizaje, determinación, resiliencia, la capacidad de estar a la altura de las circunstancias en los momentos más críticos de la temporada, y en especial, de un gran liderazgo.

Los invito a que esta nueva temporada de la MLB podamos disfrutar de todos estos retos, logros, oportunidades y nuevos récords y que sepamos utilizar y aplicar estos mismos conceptos en nuestras organizaciones.

jueves, 12 de agosto de 2021

Miguel Cabrera: la cuenta rumbo a los 500

Los últimos días han sido muy emocionantes para todo lo relacionado con el mundo deportivo. Las olimpiadas marcaron un momento muy especial para quienes disfrutamos tanto de estas competencias donde vimos el lado humano de los deportistas, su preparación y su dedicación que llevaron a que muchos recibieran medallas olímpicas y diplomas de reconocimiento en sus respectivas disciplinas. Un tema que ha sido disruptivo en el mundo futbolístico fue la salida de Messi del Barcelona (donde dio una de las conferencias de prensa más emotivas que jamás yo haya visto) y su inmediata contratación por el PSG, en donde fue realmente muy bien recibido por sus compañeros.  

Pero dejando esto de lado, para quienes nos apasiona el baseball en este momento no hay uno sino varios hitos que estamos siguiendo este año 2021, entre tantas cosas de este deporte que estamos siguiendo. Pero lo que entre hoy y este domingo estaremos sin duda siguiendo la mayoría de los venezolanos será el HR #500 de Miguel Cabrera.

El número mágico de Miguel Cabrera quedó en uno. Y es que el grandeliga venezolano, jugador de los Tigres de Detroit está a las puertas de lograr la astronómica cifra de 500 jonrones, luego que en el partido de la noche de este miércoles conectó su vuelacerca 499 de su carrera, en lo que fue el triunfo de los Tigres ante los Orioles de Baltimore de 5-2, en el Oriole Park at Camden Yards. Este Home Run, el número 12 de la temporada para Cabrera y sirvió para romper el empate que se mantenía en el juego y que inició un racimo de tres anotaciones para los Tigres.

Cuando lo haga, Miguel Cabrera se convertirá en el pelotero número 28 en sumar al menos 500 jonrones en las Grandes Ligas y el primero de Venezuela o en jugar para los Tigres. Será alcanzar el punto de referencia que lo coloca entre los grandes del beisbol.

Llegar a los 500 jonrones sigue siendo hoy uno de los hitos más famosos del béisbol, desde los días de Babe Ruth hasta hoy. El batear consistentemente home runes durante largos años en el baseball de las grandes ligas requiere, más allá de fuerza, un entrenamiento continuo, una buena estrategia, mejorar o mantener la posición continuamente y definitivamente un gran compromiso consigo mismo y con este bello deporte. Y a pesar de los años, el Club de los 500 Home Runs sigue siendo muy exclusivo, cuando a hoy, sólo 27 de los casi 20.000 jugadores en la historia de las grandes ligas logran formar parte de él.

Los próximos 6 juegos serán en Detroit. Se espera casa llena para cada uno de esos juegos; se espera que haya grandes cantidades de periodistas cubriendo los juegos. Las pelotas estarán marcadas para cada turno al bate de Miguel. Y no solo está en la carrera por los 500 HR sino que de seguir así, este mismo año llegaría a otro hito, el de los 3.000 hits, pero de eso escribiremos mas adelante.

Mientras tanto, sigamos el rumbo a los 500. 

#MiguelCabrera500

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