viernes, 23 de octubre de 2026

87 años celebrando la vida: Para Mememe, con cariño

 87 años celebrando la vida

Para Mememe, con cariño

Hay muchas maneras de celebrar la vida. Mi mamá, Irene, tiene la suya: mantenerse curiosa, encontrar algo que hacer, aprender, crear y estar pendiente de las personas que quiere. Hoy cumple 87 años y, cuando pienso en ella, pienso en esa alegría con la que sigue participando en el mundo, llenando sus días de actividades, conversaciones y afectos.

Es una mujer alegre, muy activa y con una memoria asombrosa. Siempre tiene algo entre manos. Pinta, escribe, asiste a clases de lectura y de filosofía, y también imparte clases sobre temas fascinantes. Disfruta aprender y compartir lo que sabe, haciendo de sus intereses una oportunidad de encuentro con otros. Cuida sus plantas, organiza llamadas entre sus amigas y se mantiene al día con la información. Y, en medio de todo eso, encuentra tiempo para estar pendiente de su gran familia, que ya incluye catorce nietos y diez bisnietos. Hasta los momentos, porque esta historia familiar sigue creciendo.

A veces me pregunto cómo hace para atender tantas cosas. Pero al observarla encuentro una respuesta en su manera de vivir: le interesan. Le interesa lo que sucede, lo que puede aprender, lo que está creando y, especialmente, lo que les pasa a los suyos. Ese interés la lleva a preguntar, a recordar, a llamar y a mantenerse cerca. Su curiosidad siempre encuentra una nueva pregunta a la cual dedicarle tiempo.

Su memoria me asombra. También me hace pensar en la riqueza que guarda una persona después de tantos años: nombres, acontecimientos, relaciones e historias que conectan distintas etapas de una familia. Escucharla es una oportunidad para acercarme a su vida, conocer experiencias que precedieron a las mías y descubrir detalles que, gracias a ella, siguen formando parte de nuestra historia compartida.

Por eso me alegra tanto que esté escribiendo sus memorias. Imagino lo que significará para sus nietos y bisnietos poder acercarse a esas páginas y encontrar su voz, su manera de contar y aquello que ha considerado importante conservar. Para quienes la queremos, esos escritos tienen un valor muy especial: nos permitirán conocer mejor a Irene en las distintas etapas de su vida, como hija, esposa, madre, abuela y bisabuela, y descubrir facetas suyas que quizás todavía no conocemos.

También pinta y esculpe; lo hace desde los años setenta. Me gusta pensar en ella frente a una obra, escogiendo colores, dando forma a una pieza y dedicándole tiempo a algo que quiere crear. En sus días hay espacio para la expresión, para dejar algo propio en una página, en una pintura o en una escultura. A sus 87 años sigue teniendo cosas que decir, obras que crear y nuevas formas de compartirlas.

Y sigue aprendiendo. Asistir a clases de lectura y de filosofía habla de una curiosidad que conserva su fuerza. Siempre hay otro texto por leer, una idea que examinar, una pregunta que merece conversación. En una época en la que tantos sentimos que debemos correr para mantenernos actualizados, ella sigue buscando espacios para comprender, pensar y descubrir. Y ni hablar de su interés por Fernando de Magallanes o Antonio Pigafetta, entre otros personajes de la historia que despiertan su entusiasmo y alimentan nuestras conversaciones.

Hay un tema del que mi mamá me ha hablado a lo largo de toda mi vida: la evolución del ser humano y de la tecnología. Recuerdo que, cuando yo cursaba segundo año de bachillerato, me dijo que nunca se habría imaginado que vería el Apolo 11 en la portada de un libro de historia. Ella había sido testigo de aquel acontecimiento y ahora lo encontraba convertido en una lección que estudiaba su hijo. A mí me quedó grabado ese asombro suyo ante la velocidad con la que lo vivido pasa a formar parte de la historia.

En nuestras conversaciones me hablaba de la llegada de las lavadoras a los hogares, de la televisión y, después, de la televisión a color. Con los años hemos seguido sumando transformaciones: del VHS al streaming, de esperar un programa a poder escoger qué ver y cuándo verlo. A través de su mirada he podido comprender mejor cuánto ha cambiado la vida cotidiana en el transcurso de una sola vida.

Y ella sigue participando de esos cambios con entusiasmo. Maneja su dispositivo móvil con una soltura que ya quisieran muchos jóvenes. Lo usa para informarse, aprender, organizar sus actividades y mantenerse en contacto con los suyos. Me encanta verla incorporar nuevas herramientas a una vida que ya está llena de intereses. Después de tantas transformaciones, conserva intacta la curiosidad por descubrir qué viene y cómo puede aprovecharlo.

Esa disposición me inspira. He dedicado muchos años a hablar de desarrollo personal, liderazgo y aprendizaje. Ver a mi mamá me recuerda cuánto pueden enseñarnos las personas cercanas a través de sus hábitos. En ella veo el aprendizaje convertido en una actividad cotidiana, con un lugar concreto en su semana y en sus intereses.

Sus plantas también forman parte de esa vida ocupada. Las riega, las cultiva y las cuida durante las cuatro estaciones del año. Son tareas que requieren atención y continuidad: mirar cómo están, reconocer qué necesitan y volver al día siguiente. Me conmueve que, entre lecturas, escritos, pinturas y llamadas, también encuentre ese espacio para cuidar lo que crece. Ha amado la tierra y la naturaleza desde que tengo memoria.

Y luego están sus amigas. Ella organiza llamadas, propicia el contacto y contribuye a que las conversaciones sucedan. Es un gesto que dice mucho de su manera de relacionarse: ella une. Mantener una amistad requiere iniciativa; alguien tiene que llamar, reunir, preguntar cómo están las demás. Mi mamá asume esa tarea con el mismo interés con el que atiende tantos otros aspectos de su vida.

En la familia, ese cuidado se extiende a varias generaciones. Catorce nietos y diez bisnietos representan muchas historias en desarrollo, muchas noticias y muchos motivos para estar pendiente. Ella sigue atenta a ese enorme universo familiar, acompañando desde su lugar lo que va ocurriendo en la vida de sus seres queridos.

A esa memoria asombrosa y a su interés por la familia se suma su dedicación a la genealogía, que desde hace décadas ocupa un espacio importante en su vida. En sus investigaciones ha seguido el rastro de nuestros antepasados hasta llegar al año 500 d. C. Me impresiona la paciencia y la curiosidad que requiere recorrer tantos siglos en busca de nuestras raíces. 

Mientras acompaña a las nuevas generaciones, también recupera la historia de quienes nos precedieron, dejándonos un legado que podremos compartir con quienes vendrán.

Al escribir todo esto, comprendo mejor el título que quería darle a este artículo: 87 años celebrando la vida. La celebración está en su cumpleaños y también en la forma en que vive sus días. Está en el tiempo que dedica a crear, en las memorias que escribe, en las clases que recibe y en las que imparte, en las plantas que cuida y en las conversaciones que ayuda a mantener.

Hoy quiero reconocerla y celebrar esas cualidades tan suyas que nos alegran y nos acompañan. Quiero que sepa que vemos su energía, que admiramos su memoria, que nos importa lo que escribe y que valoramos todo ese cariño que expresa estando pendiente de nosotros.

Como hijo, me siento afortunado de poder celebrar este día con ella y de seguir descubriendo aspectos de su persona. Porque una madre también puede seguir sorprendiéndonos: con una idea, con un recuerdo, con algo que ha aprendido o con el próximo proyecto en el que ya está ocupada.

Hoy celebramos a nuestra querida Mememe y sus 87 años de vida. Celebramos su alegría, su curiosidad, su creatividad y su manera de mantenernos cerca. Y agradecemos que siga llenando nuestra historia familiar con su presencia y con todo lo que todavía tiene para compartir.

Feliz cumpleaños, mami. 

Qué alegría celebrar la vida contigo.

Que sigas encontrando motivos para pintar, escribir, aprender, cultivar y reunirnos. Y que sigamos aprendiendo de esa manera tan tuya de vivir.

Luis Vicente

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